Pensar la inteligencia artificial desde la ética, como propone José Ignacio Latorre (referente internacional en computación cuántica e IA), no es solo un ejercicio teórico: es una tarea educativa urgente. Si, como él señala, “cualquier concepto de ética tiene que pasar por nuestra relación con las máquinas inteligentes”, entonces las aulas, formales y no formales, se convierten en espacios clave donde esa relación puede ser comprendida, cuestionada y transformada.
Aquí es donde la metodología de Aprendizaje-Servicio cobra todo su sentido.
El Aprendizaje-Servicio (ApS) propone algo profundamente coherente con los retos de la IA: aprender haciendo, pero haciendo con sentido social. No se trata solo de adquirir conocimientos sobre tecnología, sino de ponerlos al servicio de la comunidad, incorporando una mirada ética y crítica. En un contexto donde los algoritmos pueden amplificar desigualdades o invisibilizar realidades, el ApS permite que el alumnado no sea un sujeto pasivo frente a la tecnología, sino un agente activo que la cuestiona y la orienta.
Desde la educación formal, esto puede traducirse en proyectos donde el alumnado investigue, por ejemplo, cómo funcionan los sistemas de recomendación o los sesgos en la inteligencia artificial, y diseñe acciones para sensibilizar a su entorno: talleres en barrios, materiales en lectura fácil, campañas de concienciación sobre privacidad o desinformación. No hablamos de futuros lejanos, sino de presente vivido.
Desde la educación no formal, como la que se desarrolla en entidades sociales, asociaciones o proyectos comunitarios, el potencial es aún más tangible. En contextos donde conviven personas en situaciones de vulnerabilidad, migración o exclusión digital, el Aprendizaje-Servicio puede convertirse en una herramienta de justicia social. Jóvenes que acompañan a personas mayores en el uso de tecnologías, grupos que trabajan la alfabetización digital crítica, espacios donde se reflexiona colectivamente sobre cómo nos afectan los algoritmos en la vida cotidiana.
Todo ello responde, de forma directa, a las preguntas que plantea Latorre: ¿quién decide? ¿con qué valores? El ApS introduce una respuesta clara: decidimos en comunidad, desde la experiencia y el compromiso con el entorno.
Pero hay algo más profundo. La inteligencia artificial nos obliga a redefinir qué significa aprender. Ya no se trata solo de acumular información, las máquinas lo hacen mejor, sino de desarrollar pensamiento crítico, empatía, capacidad de discernimiento. Justo aquello que el Aprendizaje-Servicio pone en el centro.
En este cruce entre ética, tecnología y educación emerge una oportunidad poderosa: formar ciudadanía capaz de convivir con la inteligencia artificial sin renunciar a lo humano. Porque, como también advierte Latorre, no podemos delegar la ética sin haberla construido antes.
Y esa construcción empieza en las aulas.
Aulas que no solo enseñan, sino que escuchan.
Aulas que no solo explican, sino que se implican.
Aulas que entienden que la tecnología no es neutra y que educar es, siempre, tomar partido.
Desde ahí, desde lo cercano y lo comunitario, quizá podamos responder con calma, y con sentido, a los interrogantes que la inteligencia artificial nos plantea. Porque educar en este tiempo no es preparar para el futuro: es aprender a habitar, con responsabilidad, el presente.
Sonia Segarra Coordinadora territorial ApS Asturias